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¿Te atreves a mirar al diablo a los ojos?

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Una de las cosas que más me hace admirar a una persona es que sea capaz de mirar al diablo a los ojos. El otro día conversaba con alguien (conservador y católico rancio) que me hablaba de la decadencia moral de nuestras sociedades y el impacto que ello tiene en los abusos sexuales a menores. Yo le repliqué que, efectivamente, la decadencia moral es determinante para esos abusos, y le puse como ejemplo los 25000 casos de pederastia encubiertos por la Iglesia católica irlandesa en los últimos 80 años. Una sociedad obtusa, ignorante y dominada por el clero es el máximo exponente de decadencia moral, y sus consecuencias son obvias.

Mirar al diablo a los ojos implica mirar honestamente al ser humano con todas sus miserias, entre ellas las derivadas del instinto de supervivencia y esa maldita manía que tenemos de engañarnos a nosotros mismos cuando deseamos algo muy intensamente. El instinto de supervivencia provoca que, dejando aparte a las personas con una singular fortaleza moral, estemos dispuestos a todo por evitar la muerte, y también por evitar aquellas situaciones que juzgamos peores que la muerte, como la cárcel o el escarnio en el caso de aquellas personas que basan su vida en el reconocimiento social. No puedes dejar en manos de quien ha cometido un crimen (o de aquellos que se verían muy perjudicados si se revela dicha comisión) la decisión de confesarlo. Porque obviamente no lo van a hacer y, si necesitan una justificación moral para dormir todas las noches (muchas veces ni siquiera la necesitan, sobre todo cuando se consideran infinitamente superiores al vulgo), su rica imaginación les inventará miles (la Iglesia hace muchísimo bien y si se supiera que hay casos de pederastia sufriría un gran menoscabo reputacional que le impediría seguir ayudando a los pobres, los rojos ateos se fortalecerían si esto se supiera y llevarían a la perdición a miles de almas...).

También pasa con los partidos políticos y sus casos de corrupción, con cualquier organización humana e incluso con las personas individuales. Dejando aparte el ámbito delictivo, nuestra facilidad para autoengañarnos es superlativa. Una chica rompe su relación de pareja conmigo y yo sigo enamorado de ella. Un tiempo después, me dice que quiere volver, y a los pocos días me entero de que está arruinada y necesita mi dinero. Os aseguro que una parte de mí intentará convencerme de todas las formas posibles de que no existe relación causa-efecto entre su ruina y su casual decisión de volver conmigo justo en ese momento, y por tanto debo aceptar su proposición. Ese intento de acto (o acto si no logro sobreponerme) de cobardía entra dentro de la enorme complejidad de toda personalidad humana, en cuyo interior conviven héroes de gran nobleza, ladrones, embaucadores, cobardes, guerreros, ascetas, hedonistas, filósofos, gusanos sumisos...eso sí, con un peso específico muy variable dependiendo de nuestro carácter y nuestra integridad...pero siempre vivos y, en el caso de nuestros demonios, potencialmente capaces de dominarnos en un momento concreto si no somos lo bastante fuertes.

Por el mismo motivo que admiro a las personas que se conocen a sí mismas y al mundo, y luchan por no dejarse dominar por su parte más estúpida y cobarde, admiro a los Estados que han creado resortes para asegurar una verdadera separación de poderes y un sistema policial y judicial limpio e independiente, capaz de enjuiciar a cualquiera si es culpable y con un amplio número de contrapesos bien ubicados que impiden que ninguna persona o centro de poder sea intocable. Porque no se puede vencer al diablo (entiéndase en un sentido metafórico) sin antes mirarle a los ojos y conocerle. Darle la espalda y creer en patrañas por miedo a contemplar su rostro, es la mejor forma de acabar bajo su bota.

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