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Siracusa, o como un solo hombre puede ganar una guerra (II): La Campaña

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Un rebaño dirigido por un león puede derrotar a una manada de leones dirigida por un cordero (Proverbio árabe)

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Vamos a la pomada:

La noche antes de la partida de la expedición ateniense, los hermai de Atenas (representaciones en forma de columna, con un busto encima - como se ven muchas veces en nuestras ciudades – pero con un falo erecto en su base, como símbolo de la masculinidad y el espíritu guerrero) fueron sistemáticamente mutiladas mediante amputación del pene, del rostro, o de ambos, lo cual significaría un grave delito de sacrilegio para los atenienses, comparable a la profanación de todas las iglesias o mezquitas de una ciudad en una sola noche.

Al día siguiente, uno de los sospechosos habituales era Alcibíades, conocido calavera y posible líder de una banda de jóvenes (Alcibíades contaba ya 35 años, edad más que madura por entonces, ¡en fin!) que, en una especie de despedida de soltero, habrían festejado así la salida de la flota.

Alcibíades, durante esa mañana, se ofreció a ser juzgado inmediatamente, pero sus adversarios políticos sabían que no existían pruebas contra él, e insistieron en que no se podía demorar la partida.1

La flota ateniense partió -aproximadamente en Junio de 415 B.C. - con sus tres comandantes, Nicias, Alcibíades y Lámaco. Recorrió toda la costa sur de la “bota” de Italia, hasta llegar a su aliada Regio (actual Reggio Calabria); pero, para su sorpresa, los aliados de Atenas fueron muy reticentes en hacer otra cosa sino aprovisionarles y que se largaran cuanto antes. Obviamente, les asustó el tamaño de la flota y ejército ateniense. Desde allí, los comandantes de Atenas pidieron a Egesta el pago de los sesenta talentos comprometidos… y los egestanos le dijeron que, con muchos apuros y demora, podrían entregar treinta.

Al final desembarcaron en Sicilia, en Naxos. Se produjo un debate entre los tres strategoi; Lámaco era partidario de atacar directamente Siracusa, Nicias de circunnavegar Sicilia para acojonar y, si no había problemas, retirarse a Atenas; Alcibíades de buscar una base de operaciones cercana a Siracusa. Esta estrategia intermedia fue la preferida y Catana (actual Catania) a unos 70 km. al norte de Siracusa, fue elegida como base de operaciones.

Cuando la flota ateniense llegó a Catana, les esperaba la trirreme estatal de Atenas “Salaminia” con la misión de llevar a Alcibíades a Atenas acusado de impiedad, por haber profanado los hermai y los Misterios de Eleusis (otra acusación falsa, inventada por sus enemigos). Alcibíades debía haber previsto esto (de ahí su oferta de ser juzgado antes de la expedición), prometió que les seguiría, pero en el camino de regreso se fugó a Esparta (luego cambió más veces de bando).

El ejército ateniense había perdido la ventaja de la sorpresa, y con el cauto Nicias perdió aún más tiempo –en ese momento podría haber tomado Siracusa al asalto – porque se decidió tratar de cobrar los sesenta talentos prometidos; la flota ateniense desembarcó en Hicara, ciudad que fue tomada a la fuerza por ser enemiga de Egesta, pero aún con la venta de sus ciudadanos como esclavos, los atenienses apenas cobraron los treinta que ya había dicho Egesta que era lo máximo que podían pagar.

A punto de llegar el otoño, los atenienses probaron una añagaza: a través de un doble espía, atrajeron al entusiasta (pero inocente) ejército siracusano hasta Catana, mientras una considerable fuerza de hoplitas embarcaban en la flota y desembarcaban en Anapos, en la Bahía del Gran Puerto de Siracusa, a unos 5 km de la ciudad [ver Imagen]. Nuevamente, los atenienses perdieron la oportunidad de atacar la indefensa ciudad y esperaron el regreso de los Siracusanos. Estos, más pardillos aún que los atenienses, en lugar de entrar a la ciudad, fueron a combatir a los atenienses que, mucho más expertos en batallas campales, y además más descansados, apalearon contundentemente a los de Siracusa.2 Pero el ejército siracusano logró escapar, aunque maltrecho, a la ciudad. Y, contra lo que pensaron los strategoi atenienses, trataron de resistir a ultranza. Durante el invierno los siracusanos construyeron un muro para proteger mejor su ciudad.3

Pasado el invierno (entramos en 414 B.C.), durante la primavera se inició una estrategia de muros y contramuros que podemos seguir en [imagen]. Al norte de la ciudad había unas colinas que dominaban la ciudad, llamadas las Epípolas. Allí iba a centrarse como objetivo el ejército ateniense, que desembarcó en Leonte (actual Lentini) y se dirigieron rápidamente sobre las Epípolas, de donde desalojaron a los hoplitas siracusanos que guardaban las alturas. La Flota se dirigió a un lugar llamado Tapso (Penisola Magnisi), una península donde se fortificó el istmo, sabiendo que los siracusanos no tenían una flota competente ni de lejos.

Los atenienses construyeron dos fuertes en Sica (con una construcción auxiliar al Este) y Lábdalo (ver imagen). Desde allí trataron de construir un muro hacia el Norte, hacia Trógilo, y hacia el Sur, hasta las marismas de Lisimelia, cercando toda Siracusa. Hacia el Sur, el muro era doble, para construir en el Gran Puerto una zona para su flota, que protegerían mediante una empalizada. Una fortificación de unos 3,5 Km que, con el dominio absoluto del mar por la flota ateniense, condenaría a la ciudad a la rendición. Los siracusanos intentaron construir un contramuro (C en la Imagen, justo al Sur de las Epípolas) que fue destruido en un ataque ateniense, y otro (D, en la imagen) que pasaba a través de las marismas de Lisimelia, donde los atenienses habían construido un refugio para la flota. Los atenienses lanzaron un ataque contra este segundo contramuro, destruyéndolo, pero a cambio de perder a Lámaco, que murió en la escaramuza. Así que la Expedición quedaba a cargo del único de los tres strategoi que no creía en ella. De todos modos, el cerco estaba casi completado. Se paralizó temporalmente su parte Norte por la falta de madera, pero los siracusanos sabían que su cerco (y derrota) era solo cuestión de tiempo .

Nicias, pese a todo, lo hizo lo mejor que pudo. Tomó y fortificó el Plemirio, un cabo que formaba la entrada Sur al Gran Puerto de Sicilia. Con ese apoyo, la flota ateniense entró al golfo que formaba el Gran Puerto, aislando la ciudad por el mar (el Pequeño Puerto, que daba a Alta Mar, hacía honor a su nombre y no podía acoger una flota de auxilio). Por si fuera poco, ante la situación desesperada de Siracusa, pueblos de Sicilia que habían permanecido expectantes, e incluso los etruscos, cambiaron su posición y enviaron tropas o naves en apoyo de Atenas.

Los siracusanos estaban tan desesperados que depusieron a sus tres strategoi, nombrando a otros, y discutiendo ya abiertamente la capitulación ante los atenienses. Casi ni recordaban que, incluso antes de la partida de la expedición ateniense, habían enviado una embajada en petición de ayuda a Corinto y Esparta. Como era su costumbre, Corinto presionó a Esparta para que interviniera (como cabeza de la Liga) y, como era su costumbre, Esparta remoloneó todo lo posible para no enviar sus tropas de élite.

Finalmente, cuatro trirremes (dos corintios y dos espartanos), con barcos auxiliares, zarparon hacia Sicilia, al mando de Gilipo (el único espartiata del convoy) 4 y el corintio Piseno. Mandaban un ejército de unos 700 efectivos (entre hoplitas y marineros que servirían también como hoplitas), casi todos ellos ilotas o Neodamodeis (ilotas libertos) y el resto corintios. Navegaban con la convicción de que Siracusa ya había caído o estaba al caer, pero al llegar a Locros (actual Locri, en la punta de la bota italiana) les llegaron noticias de que la ciudad aún resistía. Los dos comandantes, para evitar la flota ateniense, desembarcaron en Himera, al Norte de la isla. Allí, Gilipo (que comandaría la expedición por tierra) se atrajo aliados a su tropa - quizás unos mil efectivos - y marchó hacia la ciudad, que pensaba abordar por la parte Norte del Muro ateniense, que aún no estaba terminado.

Piseno y Gilipo enviaron a Siracusa un trirreme corintio para que intentara burlar el bloqueo y avisar a los sitiados de la llegada del pronto socorro. Como los atenienses no esperaban ningún ataque del exterior (y poco del interior, pues la flota siracusana era muy débil) el barco logró su objetivo y su capitán, un tal Góngilo, informó a la Asamblea que los refuerzos estaban en camino. Justo a tiempo, pues ya se discutía abiertamiente sobre los términos aceptables de una capitulación, y no sobre el hecho en sí.

Mientras, Gilipo, con sus fuerzas, sobrepasó por el Norte las Epípolas, que el Muro ateniense aún no había cerrado, y entró en la zona controlada por Siracusa. Suele decirse que Nicias se confió demasiado, al no prestar atención a los refuerzos; pero, en realidad, lo más probable es que el ateniense decidiera que, puesto que su ejército era muy superior a los desmoralizados siracusanos, e informado por sus espías de que las tropas al llegar no llegaban a dos mil, menos de la mitad ilotas y libertos espartanos, y el resto siciliotas con un grado de entrenamiento pobre, sería preferible dejarles entrar y aniquilarlos luego con el resto de enemigos.

Imaginen la desolación de los siracusanos (parejo al regocijo de Nicias cuando los espías le habían informado de lo mismo) al ver que los refuerzos incluían un solo espartiata. No obstante, el dinámico Gilipo les convenció de que no todo estaba perdido, y trazó ya los planos de un contramuro al Norte del fuerte de Sica, con cuatro posiciones fuertes escalonadas (ver imagen). Nicias, por supuesto, vio la tostada desde el minuto uno y, cuando estimó conveniente, desplazó parte del ejército a la zona de las construcciones siracusanas. Gilipo hizo lo propio, y se trabó batalla entre el muro ateniense y el contramuro enemigo. Era un terreno inadecuado para la caballería siracusana y sus jabalinas, y los asediados fueron nuevamente derrotados.

La moral de los sitiados se hundió de nuevo; pero Gilipo demostró de qué manera están hechos los líderes: reunió a las tropas, y se echó toda la culpa sobre sí mismo, y nada sobre los soldados, que -les dijo- habían luchado muy bien. No obstante, el tiempo corría, y los atenienses estaban ya reiniciando la construcción de su Muro; si sobrepasaban el punto donde los de Siracusa querían interceptar el Muro, todo el trabajo se habría perdido. Gilipo supo insuflar a su ejército una nueva moral y una fuerza nacida de la necesidad.

A la primera ocasión, Gilipo salió nuevamente al combate; los atenienses se sorprendieron (creían que la ciudad ya se daba por perdida) pero presentaron batalla. Gilipo desvió astutamente, mediante la caballería, el ala izquierda ateniense, y luego atacó el ala derecha, aplastándola.5 El ejército de Nicias se hundió. Gilipo, rápidamente, se sirvió de todos los materiales que sus enemigos habían abandonado para continuar con el contramuro y construir tres fuertes, que dotó de guarnición.

Éste fue el punto decisivo en la campaña. Los atenienses no podrían rendir Siracusa por hambre, al menos a corto plazo. Además, Gilipo, que no daba descanso, aprovechó el desconcierto ateniense, capturó Lábdalo (ver Imagen) y aniquiló su guarnición. Además, el cambio de situación propició que las restantes naves de corintios y aliados sicilianos consiguiesen burlar el bloqueo ateniense y desembarcar mas refuerzos.

Nicias concentró sus tropas en dos grandes campamentos; uno frente a la ciudad, tras su muro inacabado, y otro en las alturas de Plemirio, que garantizaba el control del lado Sur del Gran Puerto. A la larga, fue un error, puesto que Gilipo mandó ocupar la altura del Olympieion, a medio camino [ver imagen], con unidades de caballería, que impedían que los atenienses devastasen el país y dificultaban que el Plemirio se aprovisionase de agua.

A finales de verano de 414 B.C. Nicias, agotado, mandó una larga carta a Atenas pidiendo que autorizase la retirada, y explicando el mal estado de la tropa y los barcos de la flota, tras una campaña tan larga. La Asamblea ateniense, en lugar de autorizarlo, decidió enviar una fuerza de refuerzo, al mando de los strategoi Demóstenes y Eurimedonte.6 Por supuesto, Gilipo también pidió refuerzos a Esparta; la Liga del Peloponeso decidió mandar (en tres flotas) un contingente de unos 1500 hoplitas (neodamodeis, ilotas y aliados, al mando de un segundo espartiata, Écrito). Siempre rácanos, los refuerzos de la Liga del Peloponeso enviados a Gilipo eran solo la décima parte de los refuerzos que recibiría Nicias.

Mientras tanto, Gilipo no se estaba quieto. Antes de la llegada de los auxilios de Atenas, pensaba acabar con Nicias. De acuerdo con él, el stratego siracusano Hermócrates convenció a la flota siracusana a lanzar un ataque con 80 trirremes sobre el bloqueo ateniense del Gran Puerto. El astuto Gilipo hizo llegar, mediante agentes dobles, la información a los atenienses. Al día siguiente, temprano, los siracusanos atacaron y fueron rechazados por una flota de 60 trirremes atenienses (mucho más expertos); pero, mientras muchos de los efectivos atenienses de los fuertes de Plemirio habían bajado a la playa a contemplar la batalla, Gilipo realizó un violento ataque sobre las posiciones atenienses y los desalojó de Plemirio.

El contraataque ateniense no sirvió para nada, y sus fuerzas se tuvieron que reagrupar en unos campamentos pantanosos al Oeste del Gran Puerto. Nicias trató de aprovechar su superioridad naval forzando a la flota siracusana a presentar batalla, pero los de la ciudad, protegidos por una empalizada en la boca del Pequeño Puerto, rehuyeron la batalla y reconstruían sus defensas en cuanto los atenienses las tumbaban.

Durante el invierno (414 - 413) Gilipo siguió con la segunda parte de su plan: destruir la flota ateniense; tarea mucho más difícil si cabe, por la inferioridad marítima de Siracusa. Durante varios meses, las trirremes siracusanas se rediseñaron para poder embestir mejor a la flota ateniense en aguas de poco calado como las del Gran Puerto, y poder hacer más daño con la embestida frontal. En una larga batalla que duró tres o cuatro días, con varias escaramuzas, finalmente los siracusanos se hicieron con las aguas del Gran Puerto, mientras la flota ateniense se veía obligada a retirarse tras una empalizada que habían construido frente a las Marismas de Lisimeia (ver imagen).

Cuando peor se les planteaba a los atenienses, llegaron los refuerzos (Julio del 413 B.C.) al mando de Demóstenes y Eurimedonte. Demóstenes, audaz, consideró que cuanto antes atacase más posibilidades tenía de triunfar, y cargó contra el contramuro se Siracusa con máquinas de asalto; pero los defensores incendiaron las máquinas y lograron rechazar el ataque.

Demóstenes intentó otro asalto, esta vez nocturno. Atacó y expulsó a la guarnición del Eurielo, aunque no pudo evitar que la mayoría de tropas escaparan a los contrafuertes (E en el mapa) y dar la alarma.

Los atenienses lograron llegar al contramuro y derribar una parte. Habían llevado albañiles y material de construcción para reiniciar su muro, pero Gilipo no les dio opción; organizó un contraataque y la batalla acabó en una rotunda derrota para los atenienses.7

Esta derrota supuso el final de las esperanzas de victoria ateniense. Demóstenes y Eurimedonte decidieron retirarse en la flota… mientras aún tuvieran una flota. Sin embargo, Nicias – que tan reticente había sido a la empresa- se oponía a abandonar; sin duda temía –con razón- que sus compatriotas les juzgasen, condenasen por cobardía o corrupción, y ejecutasen. Prefería –dijo- caer contra el enemigo que ejecutado tras el deshonor.

Pero la llegada de los refuerzos para Siracusa que hemos comentado, al mando de Écrito, hizo que Nicias decidiese también intentar el regreso a Atenas. Pero un eclipse lunar hizo que el supersticioso Nicias – Tucídides cuenta que también fue, de alguna manera, coaccionado por sus tropas- retrasase la partida por “tres veces nueve días”.

Gilipo y los siracusanos, advertidos por los desertores de los planes atenienses, decidieron echar el resto, tratando de destruir la flota ateniense. Durante los días de tregua que la superstición del enemigo les concedió, prepararon a sus tripulaciones para la batalla, y finalmente lanzaron un doble ataque por tierra y mar. Su infantería rechazó a los atenienses (que sufrieron graves pérdidas) hasta su campamento; en el Gran Puerto se enfrentaron 86 naves atenienses contra 76 siracusanas. Pese a su superioridad numérica, los trirremes atenienses (con un mantenimiento muy deficiente, y en un reducido espacio donde la superioridad técnica de los marinos de Atenas no era aprovechada), fueron derrotados, y encima perdieron a uno de sus strategoi, Eurimedonte.

Se preparaba la batalla final. Los siracusanos, anticipando la jugada ateniense, pusieron todos los barcos mercantes que pudieron cerrando la salida del Gran Puerto, y delante algunos de sus propios trirremes de combate. Los atenienses habían evacuado el Fuerte de Sica, hacia la zona delimitada por el doble muro ateniense al sur; y habían cargado con todas las tropas posibles los 110 trirremes de combate (muchos de ellos deteriorados) en un ataque desesperado para abrir el Gran Puerto.

Los atenienses lograron romper la línea de barcos enemigos y embestir la barrera de mercantes “morralla” que Siracusa había dejado en segunda línea; pero, como era de prever, el resto de la flota siracusana –guardada en reserva- se les echaron encima, y los atenientes se vieron obligados a retroceder a la zona de la empalizada, con muchas pérdidas.

Demóstenes aún pensó en atacar nuevamente la salida del Puerto, con las sesenta trirremes que aún le quedaban, y calculando que los siracusanos tenían unas cincuenta,8 intentar forzar un paso libre, pero sus propios soldados se negaron, y decidieron huir por tierra.

Abandonando a heridos y enfermos a la clemencia del enemigo, unos 40000 atenienses y aliados [ver IMAGEN notas] intentaron escapar, remontando el río Anapo, para girar luego hacia el Norte hacia Catana, una ciudad leal a Atenas. Pero Gilipo, Écrito y los siracusanos no tenían ninguna intención de esperar a que sus enemigos llegaran a tierra amiga, se rehicieran, y atacaran al año siguiente. Así que enviaron fuerzas para hostigarles e impedir que escaparan. Tras tres días de intentar forzar inútilmente el macizo de Acras, los fugitivos cambiaron de rumbo para huir hacia el Sur.

Al sexto día de la retirada, la retaguardia (dirigida por Demóstenes) se vio separada del resto del ejército (que dirigía Nicias) y, tras un día de ataque a distancia (flechas, jabalinas, etc) los 6000 supervivientes se rindieron; según Plutarco, Demóstenes se intentó suicidar, pero los captores lo evitaron.

Dos días después, el resto del ejército, con Nicias, llegaron al río Asinaro donde, rodeados y atacados por todas partes, terminaron rindiéndose (Septiembre de 413 B.C.).

Los sicilianos masacraron a los prisioneros, lo que incluyó a Nicias y Demóstenes; Gilipo intentó evitarlo (quería llevar a Demóstenes, que había derrotado a los espartanos en Pilos, a Esparta; y, por otro lado, le unía una amistad personal con Nicias, a quien consideraba honesto y buena gente, y quería salvarle) pero no pudo hacer nada. De todo el ejército en retirada, sólo se salvaron unos 7000 efectivos, que fueron vendidos como esclavos a las minas o canteras de Sicilia y murieron allí, y unos pocos cientos que desertaron por el camino y llegaron a Catana.

LAS CONSECUENCIAS

Atenas

Atenas perdió en la expedición un mínimo de catorce mil efectivos (un tercio de los disponibles al empezar la Guerra); 216 trirremes (le quedaban un centenar) y el tesoro estaba exhausto. El golpe moral fue tremendo.

Sus aliados aún perdieron más hombres (hasta sumar un total de unos cuarenta y cinco mil en el total de la expedición) pero, obviamente, muchas de esas ciudades no se vieron involucradas en la continuación de la guerra.

Atenas estaba condenada, pero aún no lo sabía. Gracias a la superioridad técnica de su flota, seguía siendo mucho mejor que los espartanos en alta mar, y consiguió evitar los bloqueos espartanos del Helesponto (por donde entraba el grano del Mar Negro), y logró unas cuantas victorias navales (Cinosema, Cícico, Arginusas), pero nunca llegó a tener una posibilidad real de victoria. Los espartanos, por culpa de su debilidad en el mar y su poca potencia demográfica, no lograban tampoco imponerse decisivamente. Con la ayuda del oro de Persia, Esparta reconstruía su flota, pero la falta de habilidad de sus comandantes la malograba sistemáticamente.

Finalmente (tenía que aparecer) un enérgico y brillante almirante llamado Lisandro (Mothax como Gilipo) estudió los movimientos de la flota ateniense, la pilló desprevenida y la aplastó en Egospótamos. Al año siguiente (404 B.C.) Atenas se rindió.

Esparta

Esparta gano la Guerra del Peloponeso, pero quedó también agotada. De hecho, sus problemas demográficos, que no le permitían tener ejércitos de ocupación, hizo que pronto su dominio fuera más ficticio que real.

Su periodo de hegemonía sobre la Hélade fue breve; en 371 B.C Tebas, con su genial comandante Epaminondas, derrotó a los espartanos en Leuctra, terminando con su hegemonía.

Gilipo

Gilipo fue recibido por Esparta como un héroe (no era para menos); sobre Écrito no se sabe nada. Pero en 405 B.C., como su padre, se vio envuelto en un escándalo financiero: robó fondos del dinero que Persia pagaba a Esparta y, al descubrirse el chanchullo, huyó y fue condenado in absentia. Es posible que lograse huir a Sicilia, quizás a Siracusa, pues nunca se supo más de él.

Alcibíades

Desde luego, si a alguien se puede aplicar lo de “Genio y figura…” es a él; tras la condena de Atenas por los hermai huyó a Esparta, donde traicionó los planes de Atenas; más tarde tuvo que huir de Esparta por poner los cuernos al rey Agis II y escapó al Imperio Persa (hacia 412 B.C.) refugiándose en la satrapía de Lidia, con el gobernador Tisafernes. Desde allí, intentó que los persas dejaran de ayudar a Esparta, con la excusa de que a Persia le interesaba que ambos contendientes se desgastaran, pero seguramente con la idea de congraciarse con Atenas.

Porque, efectivamente, volvió. En 411 B.C. fue reinstaurado como general ateniense (aunque aún no regresó a la ciudad, donde quería entrar en triunfo). Tras varias victorias volvió a Atenas en 407 B.C. en apoteosis y la Asamblea lo nombró Comandante Supremo.

Poco duró su estrella. Uno de sus comandantes, no estando presente Alcibíades, trabó batalla con los espartanos, que ya estaban comandados con el astuto Lisandro, que les derrotó por completo. Pese a no ser responsable, Alcibíades fue culpado y destituido. Se autoexilió y pasó a vivir en Asia Menor. Jenofonte cuenta que intentó avisar a los atenienses de su pésima situación antes de la batalla de Egospótamos; pero que éstos no le hicieron caso9 y se perdió toda la flota.

Tras el final de la guerra, Alcibíades, que seguía viviendo en Asia Menor y pensaba trasladarse a la corte del Gran Rey de Persia, fue asesinado en 403 B.C. Su residencia fue asaltada por los persas, incendiada, y él asesinado a flechazos. Hay quien dice que fue por instigación de los espartanos (Isócrates, Plutarco) pero, tantos enemigos se hizo en su vida, que ni se sabe.

Bien. Aquí termina esta Tribuna:

- La derrota de la Expedición a Sicilia fue el punto decisivo de la Guerra del Peloponeso: enterró las posibilidades de victoria ateniense.

- La intervención de un general astuto y enérgico como Gilipo, cambió el resultado de toda la campaña.

Obviamente, no se puede decir que Gilipo ganara la Guerra del Peloponeso; pero pocas veces un comandante tan desconocido ha sido tan decisivo en una guerra tan estudiada.

comentarios (2)
comentarios cerrados
Rob_Ben_Gebler
1.- Visto en la distancia y con los escritos que aparecieron luego, es poco creíble que Alcibíades se metiera en una juerga de borrachos con tales implicaciones a sus 35 años; pero aún lo es menos que la sistemática mutilación de los hermai (a la entrada de los barrios, en plazas, lugares públicos, etc) fuera producto de una cuadrilla de jóvenes ebrios. Eso requería un conocimiento exhaustivo de los lugares donde estaban situados, y días de planificación. Excluida la juerga, sólo…

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inor
Grata lectura, esto es un buen aporte. Gracias.
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