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Sherlock Holmes y los Meneantes (XII)

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La respuesta de Dupla fue una enérgica patada para aceptar nuestra oferta.

Holmes y yo tiramos de sus piernas para sacarle. Su estado era calamitoso: embadurnado en excrementos, nos era materialmente imposible permanecer en sus proximidades debido a la peste que desprendía.

El malhechor se aprovechó de ello. Cuando cogió un poco de aliento, se arrojó sobre la alcantarilla -que aún no habíamos cerrado- y se lanzó abajo por la escalerilla.

-No se apure, Watson; en el estado el que está, incluso el policía más desprovisto de olfato de Scotland Yard sería capaz de seguir su rastro y detenerle.

Pero no hizo falta: en el colmo de la mala suerte, Dupla resbaló en la escalera y fue a caer en medio de la corriente de aguas mayores y menores que arrastraba la cloaca. Apenas sabía nadar, y su cuerpo fue encontrado en una de las rejas que los policías españoles habían dispuesto para evitar la huida. La autopsia mostró que había muerto ahogado en heces y orina. Descanse en Paz 1

Mi amigo y yo nos dirigimos hacia la alcantarilla, para cerrarla de una vez por todas.

Pero, un momento antes de llegar, apareció por allí la cabeza, en forma de obús Shrapnel2, del bruto Anteo Barrodos que, habiendo sido uno de los primeros que huyeron, también había visto la trampa tendida antes que nadie, y trataba de escapar por donde entró. Como veníamos por detrás de él, no se apercibió de nuestra presencia y, antes de que girara la cabeza y nos viera, Holmes me hizo un gesto de silencio, sacó su porra, y le asestó un formidable golpe que le devolvió a las profundidades.

- Espero que no le cuente a sus lectores que he golpeado a un delincuente sin decir “Gardy loo!3, Watson – me dijo, risueño- pero ya sabe que tenía una cuenta pendiente con este animal desde que le vi matar a golpes a un pobre infeliz. Bien pensado, si lo cuenta no creo que mi reputación sufra gran cosa.

Con la ayuda de un par de guardias que se nos unieron oportunamente, repusimos la tapa de la alcantarilla y colocamos dos pedruscos encima, y dejamos uno de los agentes de guardia, por el qué dirán. Después entramos al edificio de la Sociedad.

La redada tocaba a su fin. Todas las personas presentes eran identificadas y, bajo el ojo avizor de la policía madrileña y mi amigo Holmes, ayudados por los documentos y las fichas encontradas, creo que ni uno solo de los delincuentes escapó, ni uno de los inocentes pasó en encierro más tiempo del necesario.

Entre aquellos que tuvieron la suerte de encontrar gracia, me llamó la atención un tal Alberto, gallego (Albertinho, le llamaban) que sin duda había entrado en la Sociedad de buena fe, y que durante su arresto defendió ardorosamente que sus fines eran filantrópicos. Hubo que enseñarle comunicaciones internas entre gente de la CHUPI y la Dirección (como SexiFat, o AvengerPig)4 para que se diera cuenta de que su ingenuidad le hacía presa fácil para ciertos pervertidos de la Sociedad.

Varios de los pigmeos de la Sociedad fueron capturados allí: un tal Bariacu,5 de origen italiano; Vladimir Veneta, rumano, y muchos más, fueron detenidos y, pese a sus jeremíadas pidiendo por su abogado o su cónsul, ninguno escapó del castigo merecido por sus asquerosos crímenes.

Cerca del amanecer, el Comisario, Holmes, y los inspectores jefes encargados de llevar a cabo las misiones de asaltar la Sociedad de Meneantes, sellar el Alcantarillado, y proteger y cerrar las salidas del barrio, se reunieron en el Gran Comedor de la Sociedad. El éxito había sido rotundo, pero sin embargo nada se habría conseguido si no se diese un golpe definitivo a los Dueños de la Sociedad, y a la gente importante que la inspiraba, dirigía y protegía.

Por consejo de Holmes, y teniendo en cuenta que se trataba del Año Nuevo, se decidió dar el golpe una hora después de cerrar los principales cotillones; esto es, a las cinco de la mañana. Estudiadas las dianas a atacar, se decidió detener a aquellos que pudiesen contar con menos protección por la "Alta Sociedad", e irrumpir, buscar pruebas, y documentar en todos los casos (los equipos de agentes iban acompañados de un fotógrafo) cualquier cosa que se encontrase.

A las ocho de la mañana, todos estábamos en la Comisaría Central. Casi no habíamos dormido, pero Holmes tenía los sentidos alerta. Los calabozos de todas las Comisarías de Madrid estaban llenos de detenidos, y continuamente iban llegando más, tras pasar por las rejas del Alcantarillado de Madrid, o de la recolocada puerta de la Sociedad de Meneantes, habiendo sido interrogados y detenidos con todas las de la Ley.

Debo decir que la Policía de Madrid, entusiasmada por contar, por una vez, una directriz enérgica contra la delincuencia, se tomó la operación con una excelente disposición.

Pero quedaba lo más importante: ¿Se habría detenido a los Peces Gordos?

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