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Violencia sexual, estigma y eternas cuidadoras: la triple losa de las mujeres refugiadas en Uganda

La joven Bahati tiene un sueño: ser abogada. Petrollia ha montado un negocio con un grupo de madres que tienen hijos con discapacidad. En sus historias no solo hay avalanchas de horror, también mucho coraje y sororidad.

Refugiados en el asentamiento de Nakivale, en Uganda.
Refugiados en el asentamiento de Nakivale, en Uganda. © Peter Biro/European Union

"Tengo un sueño. Ser abogada. Si no lo consigo yo, quiero que lo consiga mi hijo. No quiero que a nadie le pase lo que me ha pasado a mí". A Bahati la violaron a los 19 años mientras trabajaba en una de las casas del campo de refugiados de Nakivale, en Uganda, donde vive desde 2013 tras huir de la República Democrática del Congo. Ahora ha retomado las clases en el centro de secundaria del asentamiento. Está sola. Convive con el malabarismo de estudiar, trabajar, cuidar a su bebé de un año y medio y despertarse cada día rememorando el trauma y padeciendo la estigmatización de la comunidad.

Su madre la abandonó cuando se quedó embarazada a raíz de la violación. Con siete hijos a su cargo, no podía hacerse cargo de otro más. Bahati comenzó a buscarse la vida sola en el asentamiento de Nakivale, el más antiguo de África y uno de los más grandes del mundo. Cada día se despertaba con el recuerdo de los responsables atándola para esconderla y para evitar que los denunciase. "Estoy sola. Es demasiado duro", cuenta entre lágrimas.

A pesar de la situación tan aterradora que le ha tocado vivir, está determinada a continuar con sus estudios. En Uganda, los refugiados, al igual que los ciudadanos locales, pueden ir al colegio gratis hasta secundaria. A partir de ahí deben pagar las tasas de matrícula. Cuando Bahati contó su historia en el centro, que acoge a 1.266 alumnos, le eximieron de pagar las tasas por su situación de extrema vulnerabilidad. El instituto otorga 600 becas con la ayuda de la financiación de la Unión Europea, que en 2017 ha destinado 309 millones de euros en ayuda humanitaria al país.

Aunque la inmensa mayoría de refugiados de Nakivale tienen nombre de mujer, en el instituto hay 745 chicos y 521 chicas. El prejuicio de que ellas deben estar en casa ayudando a las tareas del hogar, la inseguridad de los caminos o pequeños detalles como que el acceso solo es posible en algunos casos con un bicicleta –y la bicicleta sea cosas de varones– ayudan a explicar esta disparidad.

Mujer refugiada en el asentamiento de Nakivale, en Uganda.
Mujer refugiada en el asentamiento de Nakivale, en Uganda. © Peter Biro/European Union

El asentamiento de Nakivale es en sí mismo una ciudad. Hay tiendas de colchones, de vinos, peluquerías, lugares para cargar los móviles, para coger taxis o para hacer fotocopias. Su inmensidad, entre plataneras y un verde intenso que lo acapara todo, es inabarcable con la mirada. Las distancias son enormes y los caminos que lo atraviesan están plagados de baches que no permiten ir a más de 30 kilómetros por hora. Bahati recorre la distancia desde su habitación hasta el centro caminando.

Algunos jóvenes pasan hasta seis o siete horas cada día en ir y regresar. Los accesos, las distancias y las heridas que todavía tiene del parto lleva a que no pueda hacerlo con su bebé. Cuando está en el colegio, una vecina cuida de él. Está determinada a no rendirse. "Siento mucha ansiedad por el día de mañana, pero cuando estoy en clase siento que hay esperanza en el futura", explica. A todo ello se le suma la dificultad de abrir los libros con la mirada inquisitiva de muchos de sus compañeros. "Algunos se ríen de mí porque debería estar en clases más avanzadas. La gente incluso me pregunta por qué no dejo el colegio. No estoy dispuesta. Si tengo una oportunidad, la voy a aprovechar", afirma con autoridad.

La estigmatización es una realidad que persigue a las mujeres refugiadas más vulnerables. Petronilla forma parte de una organización de madres con hijos con discapacidad. Se unieron para compartir vivencias, consejos, apoyo psicológico y fabricar manualidades que después venden en el asentamiento o a través de las redes sociales.

En su equipo hay 18 de ellas, pero en total son más de 100. La Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) les ayuda con préstamos para impulsar el negocio, aunque afirman que no es suficiente. "Algunas de las madres con hijos se encierran en casa. No quieren unirse. Están traumatizadas. En una situación normal ya es complicado, pero siendo refugiada lo es mucho más", cuenta Petronilla, que huyó de la vecina Ruanda hace cinco años ya que continúan persiguiéndola porque uno de sus familiares trabajaba en el Gobierno durante el genocidio de 1994.

Mujer refugiada en el asentamiento de Nakivale, en Uganda.
Una mujer refugiada en el asentamiento de Nakivale, en Uganda. © Peter Biro/European Union

"El día a día es muy duro. Las condiciones de vida, la falta de recursos, especialmente si tienes a un niño con discapacidad son muy duras", coincide la también ruandesa Patricia. Reciben algo de dinero en dólares al mes para los tratamientos de sus hijos, que sufren desde problemas de respiración, hasta mentales o de movilidad. "Los padres están ahí. Pero somos las madres las que cuidamos de ellos", reconoce.

La maternidad y el rol de cuidadoras está muy presente en el día a día de las mujeres refugiadas, que con sus imponentes ojos dan cuenta de la historia terrible que soportan sobre sus hombros. La congolesa Damaria perdió a su marido y a tres de sus nueve hijos biológicos mientras huía a Uganda. Con la angustia diaria de la incertidumbre de sus paraderos, vive ahora con los seis restantes y dos menores que llegaron solas.

- ¿Por qué decidiste adoptarlas con la situación tan compleja que ya tenéis? No tenéis ni comida suficiente para vosotros siete.

- Porque si mis hijos están ahí fuera y necesitan ayuda, espero que alguien también haga esto por ellos.

El miedo, la ansiedad o el rechazo de los vecinos hace que muchas de ellas se encierren en casa con sus pequeños. "El resto de la comunidad nos aparta. Algunos creen que hemos hecho algo malo o que es un castigo de Dios", cuenta. Jen, que huyó de Congo con cinco hijos y estando embarazada, detalla cómo el horror y el sufrimiento por el que pasó durante las dos semanas de travesía hasta llegar a Uganda provocaron lesiones crónicas en su bebé.

Pero entre todas estas historias de supervivencia también hay un rayo de luz, de sororidad, de apoyo y de empatía. Muchas de ellas huyen de guerras entre etnias y matanzas de puerta a puerta. El ser humano puede ser capaz de lo peor y lo mejor en situaciones límites. Escapan de lo primero, pero tienen esperanza por lo segundo.

Petrollia y el resto de las mujeres han unido sus fuerzas para apoyarse entre ellas y salir adelante. Han salido de su encierro para emprender un negocio conjunto, que comercializa desde vidriería hasta bolsos o pulseras. "Uno de los grandes beneficios es que nos da mucho apoyo social. Ya no estamos solas y encerradas. Ya no estamos mendigando ayuda y podemos comprar algunos de los medicamentos con lo que sacamos de este proyecto", relatan.

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