El encarcelamiento de Zuma degenera en una ola de pillajes sin precedentes en Sudáfrica

Condena por desacato

Los saqueos y disturbios masivos tras el envío a prisión del ex presidente han provocado al menos 72 muertos y 1.300 detenidos

Al menos 72 muertos en una semana de protestas por la detención de Zuma

El caos se ha apoderado de Durban tras cinco días de protestas

El caos se ha apoderado de Durban tras cinco días de protestas 

RAJESH JANTILAL / AFP

Sudáfrica vive una de las peores olas de violencia de su historia democrática. El encarcelamiento el jueves pasado del ex presidente Jacob Zuma por desacato, tras negarse a declarar varias veces por un caso de corrupción, desencadenó una oleada de protestas que en los últimos días ha degenerado en una riada de saqueos y disturbios masivos que han provocado al menos 72 muertos y 1.300 detenidos, ha interrumpido el servicio de varios hospitales en plena pandemia de la covid y ha dejado un reguero de cientos de comercios incendiados y carreteras cortadas.

Según las autoridades sudafricanas, más de la mitad de los fallecidos, 39, ocurrieron a causa de estampidas durante los pillajes masivos en centros comerciales y el resto a causa de disparos durante enfrentamientos y robos o por la explosión de cajeros. Aunque las protestas se iniciaron por el envío a prisión de Zuma, el presidente del pueblo y que denuncia una caza de brujas, la magnitud del caos y desgobierno beben del enorme descontento social, con la mitad de la población por debajo del umbral de la pobreza, y la obscena desigualdad que persiste en el país africano después de 27 años del fin del apartheid. El impacto económico de la pandemia, que ha hecho crecer el desempleo hasta un récord del 32% en el primer trimestre del año, y las llamadas a la insurrección desde algunos sectores favorables a Zuma también han prendido la mecha de una situación de inestabilidad sin precedentes desde el fin del gobierno de minoría blanca en 1994.

La violencia ha afectado de forma preocupante a la red de hospitales, que ya estaban desbordados por la pandemia

Para intentar recuperar el control del país, el presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, desplegó el lunes el ejército en las dos provincias más afectadas por la violencia, Gauteng y Kuazulú Natal, y mantuvo ayer una reunión con los líderes de todos los partidos políticos del país para enviar un mensaje de unidad y firmeza. Ramaphosa reiteró su rechazo a tildar la violencia de un estallido de ira espontáneo y calificó los disturbios de “ataque al orden democrático” que requiere “una respuesta multifacética a largo plazo, ante los profundos niveles de desempleo y pobreza”. El líder sudafricano, enfrentado a Zuma, subrayó la situación de emergencia que vive la segunda economía del continente africano por detrás Nigeria. “Varias áreas del país —subrayó— pronto podrían quedarse sin provisiones básicas debido a la gran interrupción de las cadenas de suministro de alimentos, combustibles y medicamentos”. Ayer se produjeron largas colas delante de supermercados y gasolineras en varias ciudades de país.

La violencia ha afectado de forma preocupante a un sector clave en plena tercera ola de la pandemia del coronavirus. La Red Nacional de Hospitales, que representa 241 centros sanitarios públicos, aseguró que varios de sus hospitales, ya desbordados por la lucha contra la covid, se estaban quedado sin oxígeno ni medicamentos, ya que la mayoría llegan al país vía el puerto de Durban, uno de los epicentros de la violencia, y muchos de sus profesionales no habían podido ir a trabajar por el corte de carreteras.

Algunos expertos ven una mano negra detrás de la virulencia de los pillajes y un interés oculto por derrocar a Ramaphosa

Las imágenes caóticas se suceden desde hace días, con pillajes descontrolados, granjas saqueadas o enfrentamientos entre manifestantes y civiles armados que disparaban fuego real para proteger sus propiedades. En una de las escenas más dramáticas, una mujer tuvo que lanzar a su bebé de apenas un año desde un primer piso a los brazos de un grupo de transeúntes después de que unos vándalos saquearan y prendieran fuego a un centro comercial de la ciudad de Durban situado en los bajos del edificio de viviendas. Ni la madre ni la niña sufrieron daños.

Entre las llamadas a la calma, ayer tuvo especial importancia la del rey Misuzulu Sinqobile kaZwelithini, líder de los zulús, etnia también de Zuma, y figura con enorme influencia en la región que ha vivido algunos de los episodios más violentos de estos días. El rey Misuzulu advirtió en un discurso público que el caos no era la forma correcta de expresar el enfado por el encarcelamiento del ex presidente Zuma y condenó los actos de “desgobierno” de la nación zulú. “Dad un paso atrás y considerad el daño que estáis haciendo con vuestros actos”, dijo.

Algunos expertos ven una mano negra detrás de la virulencia de los pillajes y un interés oculto por derrocar a Ramaphosa. La analista y profesora en la Universidad de Johannesburgo, Jane Duncan, señaló en el diario sudafricano Mail & Guardian, por qué se ha extendido tan rápidamente el caos. “Algunos apuntan a la criminalidad, otros a un asalto político al gobierno alimentado por rivalidades dentro del ANC. Otros enfatizan el desempleo y la desigualdad como factores clave (…). En esta etapa, las movilizaciones (dudo si llamarlas protestas) parecen contener todos estos elementos. Sin embargo, un análisis que aún no ha salido a la luz es que las movilizaciones contienen elementos de una operación de contrainteligencia contra un presidente en funciones”.

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