“A por Illa, oé; a por Illa, oé”

Pocas semanas antes del 1 de octubre del 2017, en algunas localidades españolas los policías nacionales y guardias civiles destinados a reprimir el referéndum independentista fueron despedidos al grito de “A por ellos, oé”. El cántico, entonado con un punto cavernícola, no era mayoritario en el resto de España, pero repetido y amplificado en redes sociales y medios de comunicación se convirtió en el mejor eslogan del independentismo. Era la constatación de que España (entera) los odiaba, que iban a por ellos. Y las cargas del 1-O, de las que esta semana se desmarcaba Pablo Casado con solo tres años y medio de retraso, les acabaron dando la razón, aunque hubiese decenas de miles de españoles que viesen aquellas imágenes entre horrorizados y avergonzados.

Eran tiempos en los que al independentismo todo le salía bien. Manifestaciones multitudinarias, movilización popular, unidad de acción, eslóganes ingeniosos. Pero más allá de sus méritos, contaron con la ayuda inestimable del adversario, con errores de bulto. El gobierno central hacía constantemente un Umtiti: perseguir al rival sin alcanzarlo. Y cada reacción al desafío catalán era combustible renovado para el independentismo.

Solo faltaba el regalo de todos los indepes firmando como si el exministro fuese un apestado

Que salía un montón de gente a la calle, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría replicaba que en casa se había quedado la mayoría silenciosa. Que la gente estaba votando el 1-O y todas las televisiones lo mostraban en directo, pues salía el presidente Rajoy y decía que eso no estaba pasando. Que se convocaban unas elecciones autonómicas por el 155, pues a la Fiscalía no se le ocurría otra cosa que semanas antes de votar reclamar la ­prisión de todos los líderes independentistas, y el juez actuaba de forma preventiva. En esta campaña, la Fiscalía no ha movido ficha (de momento) y los líderes independentistas mantienen el tercer grado a un día de la ­votación.

opi3 del 13 febrer

 

Martín Tognola

Desde las últimas autonómicas, algo ha cambiado. Durante estos tres años le hemos podido ver las costuras al separatismo, hemos comprobado que la supuesta unidad era una ficción, hemos constatado que el que prometió volver para presidir la Generalitat no ha vuelto. Y la pandemia ha cambiado el orden de prioridades de manera radical. En el debate de TV3, la relación de Catalunya con el resto de España fue el tercer tema, cuando antes lo monopolizaba todo.

Con la legislatura finiquitada hace más de un año, se convocaron las elecciones para ­febrero. Pero la irrupción de Illa lo cambió todo. Incluso estuvo a punto de cambiar la fecha de las elecciones. Desde entonces el exministro ha estado en el centro de la diana. Hemos pasado del “A por ellos, oé” de hace tres años al “A por Illa, oé”. Si antes gran parte de la campaña indepe se la hacían desde Madrid, a Illa gran parte de la campaña se la han hecho los indepes. Solo faltaba el regalo de todos firmando como si Illa fuese un ­apestado. Una brillante idea de una escisión de la Asamblea Nacional Catalana, los guardianes del tarro de las esencias patrias, de la pureza, los tuteladores del procés aunque ­nadie les haya votado.

Para acabarlo de rematar han utilizado la negativa (innecesaria) de Illa a hacerse un test de antígenos antes del debate de TV3 ­para insinuar que el exministro se había vacunado, sin ninguna prueba. ¿Para qué las pruebas? Intoxica que algo queda. En ello se han puesto de acuerdo PP, Cs, Vox, Junts y ERC, españolistas e independentistas, los del 155 y los que proclamaron la independencia, carceleros y represaliados, sin cordón sanitario entre ellos. Burda maniobra como final de campaña electoral. Lo peor es que traten de bobo a un electorado indeciso al que creen que van a convencer con insinuaciones propias del trumpismo.

Pero ¿lo han calculado bien? ¿O se han pasado de frenada y le han hecho un favor a Illa? Soy incapaz de saberlo. Mañana saldremos de dudas. Mañana todos pasarán el test.

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